
Estaba sentada en una puerta de una terraza una mañana cualquiera.
De repente dejó de ser un momento cualquiera.
Las notas, la melodía de la vida empezó a inundarme, a llenar cada uno de mis poros, a formar parte de mi.
Las teclas de un piano eran acariciadas desde algún punto no muy lejano.
Un lápiz y una hoja de papel aparecieron ante mi y sin darme, a penas, cuenta el paisaje de ensueño que había ante mis ojos cerrados se fue transportando al papel presidido por ese piano que toda la fantasía había formado y Mariola estuvo cada vez más cerca y más difuminada y cupo en el mismo espacio que la melodía que hasta ella llegó desde Ontinyent.








